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lunes, 14 de diciembre de 2015

Hambre.

Abro mis ojos en mi cama, destapada y empapada en sudor. A mi lado no está él, ¿dónde puede estar? ¿Dónde ha ido? Me levanto apresuradamente, como esperando encontrarme en otro lugar, que todo lo que ha pasado por la noche haya sido no más que un sueño. Por suerte me equivoco. Sobre la mesa de la habitación ha un desayuno caliente (que supongo que sea la razón de haberme despertado porque huele realmente bien), y una nota.
"Hola preciosa, espero que hayas dormido bien y que te guste el desayuno. Yo he ido a comprar al mercado, en una hora o así estoy aquí y hacemos juntos la comida, ¿Vale?"
Sonrío al leer la nota y me siento a desayunar, no debe hacer demasiado tiempo que se ha ido, pero le echo demasiado de menos. Llevaba demasiado sin verle y no me he saciado de él, aún no. Y no creo que lo haga nunca. Cuando termino mi desayuno lo recojo y lo llevo a la cocina, allí me siento a leer el periódico calmadamente mientras espero a que vuelva. Vaya, nuevas revueltas de seres en las afueras de la ciudad... Debo tener cuidado, esto de estar huyendo no se me da bien. He vivido una vida muy cómoda hasta ahora y... No tengo nada para defenderme. Solo este chico que se ofreció a recogerme en la carretera y me ha protegido los últimos días...
Entra por la puerta, con las manos llenas de sangre.
-¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?- No me responde, solo mira con la mirada pérdida a mi cuello, con los ojos sin expresión, con los labios entreabiertos respirando entrecortadamente, mostrando detrás de ellos unos dientes afilados.
No me da tiempo a decir nada más, me coge del cuello y no veo nada más. Caigo al suelo fulminada y él bebe de mí hasta saciar toda su sed, mis ojos vacíos miran al techo de la cocina mientras va escapando de mi cuerpo toda la vida con la que había empezado mi viaje. Poco a poco todo el miedo se desvanece, poco a poco me dejo llevar por la situación, dejo que mi sangre bañe su cuerpo y noto como mi cuerpo se vacía por completo para luego llenarse de golpe con algo nuevo, una nueva energía que me llena de luz, de fuerza y de... Hambre.

sábado, 17 de octubre de 2015

Luna de Sangre.

Miro a mi reloj, las tres de la tarde, ¿Dónde está? Comienzo a impacientarme... Quiero Acabar con esto cuanto antes, me carcome por dentro mientras miro algún punto en la lejanía. De pronto su olor inunda mis fosas nasales, sé que está cerca, huele a perro mojado, a pelaje húmedo por la lluvia que lleva cayendo desde bien entrada la mañana. Se acerca por mi espalda, pasando su mano por mi cadera y abrazándome, se siente tan cálido su tacto... Es tan reconfortante... De pronto todo a mi alrededor se seca, ya no hay frío, todo parece más... Humano y menos caos. Pero pronto abro los ojos y miro esa ciudad devastada por las hordas de seres imposibles... Aunque yo soy uno de ellos y protejo todo esto, yo no soy como los demás, nunca lo he sido. Nunca he encajado ni en un bando, ni en el otro.
Ahora todo esta cubierto de cenizas, las calles teñidas de gris, rojo y negro, el silencio se hace palpable... Y yo solo tengo mi mirada rasgada, desafiante y verde azulada. Miro por fin a los ojos amarillos de mi acompañante peludo, el cual me sonríe y besa suavemente en los labios, todo mi cuerpo humano responde a su contacto, todo yo quiere besarlo.
Estamos esperando a alguien más, mi otra mitad se eriza y sale a la superficie, dejando ver mi escapada piel y mi pelo convertido en serpientes de un blanco ceniza precioso. Ya está cerca, ella puede sentirlo. Así que mi lobo me suelta, sabe que mi otra parte se lanzará a su brazos en cuanto gire la esquina.
-Hola chicos, ¿Llego muy tarde?- Dice con esa sonrisa bobalicona que me encanta.
-Solo lo normal, Zephyr, Como siempre.- Dice el lupino mirando con un deje al humano ataviado de cuero negro y varias pistolas. Necesita defenderse de quien quiere matarle... No es corta la lista. Eligió a la gorgona equivocada como esposa. Me acerco y le beso los labios.
-¿Traes algo divertido para mí?- Digo esbozando una sonrisa pícara, le había pedido una daga curva para defenderme a corto alcance, mi humano es el encargado de las armas en nuestro equipo. Este extraño equipo que hemos hecho al desatarse el caos.
-¿De verdad lo necesitas preguntar, nena?- Dice mientras saca de su cinturón dos dagas de hoja curva con el mango de cuero verde entretejido como si fueran escamas. Me encantan. Se las quito de las manos besándole con fiereza, notando como nuestras cuerpos se pegan en uno solo con ese beso, me las meto el la liga que llevo bajo mi vestido de cuero tipo amazona negro y me preparo. Me encantan estos trajes, me permiten mayor movilidad.
-Y yo... ¿No traes nada para mí?- Dice el lobo mirándole socarrón.
-Claro que sí, Noir, te traigo comida. Y bueno... Puedes elegir una de mis armas de fuego, te la dejo.- Dice sacándole una tajada de carne de una bolsa de cuero. A Noir le brillan fugazmente los ojos al ver la carne reciente chorrear sangre, me rugen las tripas, pero me he prometido aguantar hasta estar con todos antes de comer... Yo como más que ellos, necesito al menos dos conejos para mantenerme bien en el combate que se avecina.
-Bien, chicos, es hora de ir hasta la Catedral del Pecado. Allí están el resto de los nuestros. Hay que prepararse.- Digo mientras me enfundo la capucha del vestido y desaparece mi apariencia de gorgona. Noir pone su cobertura humana también y coge una de las pistolas de Zephyr. Ambos saben que vienen a por mí, ninguno pensamos dejar que nos maten. Se avecina una noche movidita, en el cielo no deja de brillar esa luna roja que salió el día que llegó a la Tierra la oscuridad.

martes, 30 de junio de 2015

Bolas de Fuego, Sonido de Llover.

Y en mil desiertos me paro, mirando aquel cielo estrellado, preguntándome seriamente quién sería el primero en preguntarse qué brillaba allí arriba. Preguntándome qué le diría su madre, porque las madres son siempre las que responden estas preguntas con una sonrisa en los labios. Supongo que le mentiría, porque no sabía qué era aquello que brillaba, igual le dijo que eran almas que se habían quedado atrapadas, o gotas de agua que no podían bajar a la tierra, o ángeles velando por ellos, o simplemente le dijo que era exactamente lo que son: bolas de fuego brillando a millones de kilómetros de aquí, sintiéndose muy pequeñas y siendo más grandes que la tierra que pisamos. Y tal vez esa persona que se preguntó qué brillaba allí arriba, buscó la forma de llegar a ellas de alguna manera, construyendo tal vez, una escalera a la luna, o buscando un horizonte que nunca termina. Tal vez llegó a nuevas tierras dónde no había nada, o encontró el paraíso en alguna isla lejana. Tal vez viajó largo tiempo buscando esas estrellas que brillaban, o tal vez se rindió al primer intento por no poder encontrarlas. Y allí me paro yo, con una sonrisa en los labios, una de esas sonrisas melancólicas que lo responden todo, allí me paro sabiendo al menos la respuesta a esa pregunta y preguntándome cientos de cosas más. Buscando respuestas a preguntas y preguntas a respuestas que jamás debieron salir de aquel infierno cruel y nefasto que es mi mente. Que jamás debieron suponer una noche en vela, o cinco minutos más de los necesarios de mi tiempo. Porque es cierto que pensamos las cosas cincuenta veces hasta poder acabar con ellas, hasta solucionarlas. Pero es que eso es lo que significa tener conciencia, el usarla, el buscar un por qué para cada cosa, una locura nueva a cada cordura inexistente, una forma diferente de vivir con cada nuevo pensamiento que cambia el mundo día a día. Y aquí estamos, todos nosotros, parados en este desierto mientras nos vamos consumiendo.

martes, 23 de diciembre de 2014

Purgatorio.

Cojo con determinación el pomo de la puerta, es hora de acabar con esto, de salir de aquí. Siento mucho frío en alguna parte de mi pecho, creo que algunos llaman a esto soledad, yo creo que es parte de tener la sangre helada por el horror. Abro la puerta y salgo de allí, alejándome lo antes posible de aquella horrible escena, sangre por todas partes de las paredes del salón, trozos de lo que parece algo humano en el sofá... Tengo la boca seca y me encuentro, al salir, un coche patrulla; recuerdo por fin que he sido yo quién los ha llamado, junto a ellos una ambulancia desembarca la camilla y entra atropelladamente en el portal, todo ocurre tan despacio a mi al rededor... Uno de los agentes se acerca y me ofrece llevarme a casa, yo ya no estoy ahí. He huido de toda esa sangre derramada, huyo de ese cuerpecito inmóvil tirado en el suelo, sin nada de vida. Huyo lejos, muy lejos; pero algo realmente consigue despertarme de mi huida: La camilla pasando a mi lado, con ese cuerpo tapado con una sábana blanca que se empapa por momentos de sangre. Despierto de pronto de todo esto, escucho con claridad todas esas voces que antes parecían embotelladas, ya no puedo huir. Todo a mi al rededor cobra de pronto de una rapidez asombrosa que me aterra.
Me subo al coche patrulla y me dejan en casa. Entro en mi cuarto, poso mi jersey verde encima de la camilla blanca, junto al gran ventanal, me dirijo al baño y allí me despojo de toda mi ropa. Al quitarme una bota un fuerte ruido metálico me hace saltar en el sitio, vaya, aquí está en cuchillo. Había olvidado dónde lo había metido y ahora mancha las baldosas blanquecinas de mi cuarto. Lo dejo allí, en el suelo, mientras lavo de mi cuerpo todas las manchas de sangre, opto por darme un baño, será mucho más rápido que tratar de lavarme en el bidé.
Cuando introduzco mi cuerpo en la bañera siento un fuerte escozor en varias partes de mi cuerpo que, al eliminar los restos de sangre, descubren grandes pero superficiales cortes, "No moriré de esto" me digo a mi misma. Cojo el cuchillo del suelo, rajo mis muñecas y las introduzco en el agua.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Deja que Pase.

Paseaba por los pasillos del hospital psiquiátrico con aquella bata azul claro de enferma que tanto aborrecía, pero las drogas que le suministraban le daba un pequeño efecto de tranquilidad que solo duraba hasta que la tarde se oscurecía, y volvían las noches a ciegas llorando, queriendo morir. Otra vez las mañanas de resaca sin haber bebido ni una gota, otra vez la droga y otra vez la  tranquilidad. Los días pasaban sin saber ni siquiera que día era.
Una mañana de niebla pudo ver cómo él entraba por las puertas, mientras se quedaba mirando fijamente el horizonte desde aquel pequeño ventanal. La niebla era algo que siempre la atrapaba en una espiral curiosa de la que difícilmente lograba escapar cuando alguien la llamaba a continuar con la monotonía diaria de aquel edificio sin demasiada vida, sin armonía, sin música... Ella adoraba la música. Llevaba mucho sin escuchar ni una sola nota, desde que Lou, el pianista, había fallecido hace... ¿Tres meses? El tiempo aquí dentro es tan relativo que nadie sabe cuánto lleva allí ni cuánto va a estar.
Entra en la sala un chico pelirrojo de ojos color coral que son tan brillantes y a la vez se hacen tan imposibles, se percató de que él no era de los habituales del hospital que obligaban a acudir a la sala conjunta para poder intentar que no se hagan daño. Todos los que estábamos en aquella sala llevábamos una pequeña o gran marca en alguna parte de nuestro preciado cuerpo.
Yo llevaba unas abrasiones en el cuello, de una soga que debió matarme pero no lo hizo.
Ella, bueno, ella era otro tema. Jamás la había visto articular palabra alguna desde que llevaba allí, jamás la había visto sonreír, y eso que ella llegó por lo menos un mes después de mi. Llevaba siempre consigo un pañuelo en el bolsillo izquierdo de su bata, en la parte en la que estaría su corazón. Esa tarde la vi esbozar una mueca casi de asombro cuando el joven entró en la sala. Ella solía tener una mirada perdida, unos ojos cansados sin vida, sin mucha experiencia pero que saben que el mundo no es fácil. No creo que aquella muchacha superara los veinte años, era muy joven para estar con nosotros, pero muy mayor para ir con los adolescentes...  Supongo que por eso estaba allí, no sabían donde meterla, pero no podían dejar que pudiera completar aquella tarea que la había metido allí.
Él se acercó a ella, le apartó el mechón de pelo de la cara y se quedó a su lado mirando la espesa niebla. Así se sucedieron los días, cada vez ella estaba mejor y, supongo, él cada vez encontraba nuevos motivos por los que no cumplimentar aquella tarea.
O al menos eso creíamos todos.
Una mañana me desperté por unos gritos que provenían de las duchas comunitarias, creí que era simplemente que alguien se había caído, pero igualmente me acerqué allí. Al cruzar el umbral de aquel portón pude ver el suelo encharcado en sangre. Al fondo ellos dos, cogidos de la mano, mientras el agua se llevaba su vida a partir de las muñecas marcadas por un trozo de cristal de la ventana, creo. Jamás supe por qué se mataron, nunca entendí que si eran felices juntos, cómo fueron capaces de morir, solo me quedaba el pensamiento que murieron el uno por el dolor del otro.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Me Encuentro, Pero No Soy Yo.

Me encuentro sola, me despierto en la noche,
solo siento soledad, me quedo quieta
en la mismísima oscuridad. 
Siento miedo, 
miedo de perderme de nuevo.

De sentir eso, otra vez, de volver 
a los días llorando en mi habitación... 
Y entonces recuerdo, me doy cuenta 
de que mis sueños se han abierto ante mí, 
que por fin puedo ser feliz, 
por fin las cosas son más fáciles, 
no más cicatrices.

Y por fin no demuestro mi miedo. 
Aunque lo siga sintiendo, 
por fin no es como si no pudiera 
esconderme de él, ya no es cómo 
si siempre me encontrara en mis pesadillas 
y me mostrara que no tengo escapatoria, 
que él siempre va a estar. 

De repente me duermo, me sumo en el silencio,
me pierdo entre estruendos, entre miles de recuerdos.
Me quedo quieta un momento, en un recuerdo concreto.
Aparto la mirada, justo en el momento en el que ella
se queda allí sentada, en el suelo. En el momento
en el que perdí todo mi consuelo.

En ese preciso instante, en el que me volví tan distante.
En el que perdí todo lo que tenía,
me despierto sobresaltada, golpeando mi almohada.
Desperdiciando mi aire en llantos sin nombre,
desperdiciando mi vida por encontrar una cosa.
-Una ínfima oportunidad de vengarme.-

viernes, 18 de enero de 2013

Presos Políticos, De Su Propia Mente.

Hoy, un día más, la misma historia. Política corrumpta que dejamos seguir así, sin luchar por cambiarlo. Está corrompido por el poder y el dinero, por un estado capitalista que nos destruye lentamente por dentro, cada una de nuestra células gritan "LIBERTAD" Y no las estás escuchando. Prefieres tirar para adelante con lo que tienes, aunque no sea suficiente teniendo en cuenta el sudor de tu frente. Y te levantas cada día igual, con los mismos pensamientos, yo me levanto gritando por cambiar este mundo extraño, apagado, roto, medio muerto por los daños causados a cada corazón que quiso demostrar que valía la pena luchar, que valia la pena gritar que no nos representais porque nosotros no somos como vosotros, nosotros queremos la libertad del pueblo que atáis a unos ideales retrógados, que no merecen la pena ni la lucha que enciende cada mañana esta mente activa que seguirá gritando todo lo que me dé la gana. Puedo con esto, tú puedes cambiar el mundo. No hace falta hacer cosas grades "Pequeños rasgos hacen grandes gestos." Y no te calles, por favor, vale la pena salir a la calle. Algunos dirán "Qué más da lo que hagamos, ellos tienen el poder, ellos deciden." Os equivocáis, nosotros les estamos dando el poder, nosotros podemos arrebatarselo de las manos y dejarles desnudos en un mundo que han destruido. Porque ahora entras en las clases y todos son diferentes los unos a los otros y todos juzgan. Todos piensan lo que les parece de quién les parece, amenudo dañando a todos los que juzgan. Y todos tienen miedo... Somos tan jóvenes y tenemos tanto miedo... Nos da miedo defraudar a alguien y nos estamos defraudando a nosotros mismos, estamos dejando que el mundo siga para delante, que siga destruyendonos, que siga callando nuestras voces que buscan un solo camino.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Jaque Mate.

Bajar la mirada y quedarme allí, paralizada, no sé que hacer. Todo mi ser ignora a mi mente, todo mi ser quiere lanzarse fríamente hacia aquella muchacha que ahora solo tenía ganas de matar, aunque antes hubiera sido mi más pura perdición. Levantarme de aquel frío asiento, de aquella manta que está sobre el suelo y que no produce el aumento de calor deseado. Mirar aquel hermoso rostro y sonreír con un claro síntoma de tristeza en el rostro. "Ya no eres la chica de la que me enamoré." Pensé para mis adentros y me giré, conservando la poca dignidad que me quedaba después de todo lo que me habías arrebatado. Me encaminé para casa, con las lágrimas acechando tras estos iris verdes pistacho, sabía que en casa solo me esperaba mi soledad pura y dura, que solo me quedaba tumbarme a esperar la muerte y, en realidad, eso era lo que más me dolía. Tú habías dejado de ser el punto de atención de mis problemas. Tú, para mi, directamente ya no existías. Pero me frustraba que hubieras logrado que solo deseara acabar con mi vida para olvidarme de todo el dolor, porque aquellos días grises ya los había olvidado... Hasta que llegaste tú y nublaste mi felicidad tras todas esas mentiras, tras todos esos engaños, tras todas esas horas llorando por alguien que no sabe lo mucho que he hecho por ella. Llego a mi casa, una rosa azul en la entrada. La piso, la piso con toda la ira que recorre mi cuerpo y las lágrimas surcando mis mejillas sonrojadas por la frustración, la ira, y el desengaño. No, no me voy a dejar pisotear por ti ni una sola vez más, mi corazón a soportado que lo hagas trizas un millón de veces, no voy a dejar que juegues siempre a ser el corderito degollado, siendo de por sí el lobo. Ahora ya no, no dejaré que vuelvas a jugar así con nadie, preciosa, no te dejaré que sigas jugando al juego que te has montado tú solita.
Dejo mis lágrimas apostadas sobre la almohada, dejo cada sentimiento entre las sábanas y salgo de la cama. Me meto en la ducha, lavo cada centímetro de mi, no quiero seguir sintiendo tu tacto sobre mi piel. Salgo de la ducha y coloco mi albornoz sobre mi cuerpo desnudo, comienzo a secar cada centímetro de mi, con cuidado, con esmero. No quiero salir del baño, todo mi cuerpo quiere correr a tu encuentro. No quiero rendir de nuevo mi mente al más salvaje de los instintos animales que aún conserva el ser humano, no quiero volver a mirar tus ojos marrones desde la realidad. No quiero verte, pero ya estoy vestida y me encamino hacia tu portal. No sé como mis pies han conseguido sacarme de casa, no sé como mi alma perturbada por la soledad todavía se aguanta en pie. No lo sé, solo sé que la puerta ya la he cruzado, tu esperabas en el umbral, he pasado a tu lado y te ha dado exactamente igual. Me siento en ese sofá, sé perfectamente lo que quiero hacer, pero algo en mi interior me dice que no sea tonta, que no lo haga, que eso me traerá más dolor del que ya me has causado. Eso frena un poco mi cuerpo, hace que la vida parezca más real y me quedo un segundo observándote desde mis pensamientos. No, definitivamente, tengo que acabar con esta estúpida sensación, de este estúpido deseo inhumano que me lleva a cogerte de la cintura, acercarte a mi y clavarte las uñas de mi mano derecha, la que no te sujeta la cintura, en ese cuello. Veo tus labios enrojecer para luego volverse de un morado pálido que me garantiza que ya casi he acabado. Tú te quedas quieta, mirando como me destrozo la vida, en el fondo sabes perfectamente que esto es la mejor jugada de tu vida, lo peor que me puedes hacer manteniéndome con vida. Dejarme ligado a ti con un hilo que nadie se explica.
Veo la vida escabullirse de tu mirada, veo tus ojos inyectados en sangre aflorar fuera de este mundo, veo tu último suspiro emanar de tu boca.
Tumbo tu cuerpo, muerto, sobre la alfombra rosa y comienzo a echar gasolina sobre ti, veo tus ojos abiertos y me atormenta que puedas estar viendo lo que estoy haciendo así que te los cierro en un intento por callar la vocecita que me dice que he obrado mal. Echo gasolina también sobre los muebles, tranco la puerta y prendo fuego a todo. "¿Con eso no contabas, eh, Ludera?" Pienso para mis adentros y me regodeo un poco de lo mal que te habría sentado que no te recordara para siempre, que no viviera con el mal estar de haberte arrebatado tu juego, me quemo lentamente mientras me despido del dolor que me causaste y de todo lo que ya estaba perdido. Me despido con un precioso Jaque mate que susurro con mi último suspiro.

martes, 14 de agosto de 2012

Mariposas.

La mirada de la chiquilla de los ojazos verdes se posó en el vuelo de la pequeña mariposa de alas moradas que danzaba esperando que la suerte le diera una nueva flor en la que posarse y alimentarse del delicioso néctar. La mariposa se posó sobre el hermoso cáliz de la rosa roja que coronaba el rosal de aquel jardín y comenzó a alimentarse. En ese instante apareció en el enorme jardín Julius con una bata atada a la cintura y se sentó junto a la chica de la mirada perdida en el volar de aquel maravilloso insecto, que ya había recolectado suficiente néctar y vuelve de regreso a su casa. El muchacho se sienta, la besa en la mejilla para intentar captar su atención, y le dice al oído:
-Lo siento.- En un susurro que solo oye la niña del pelo rubio y pecas en las mejillas.
-No pasa nada...-Dice ella sin apartar la mirada de la flor.
-¿No estás enfadada?-Dice Julius con un hilillo de voz.
-No.- Dice ella de forma cortante.
-Bien, porque no podría vivir mi vida sin ti.-Dice él.
-Tendrás que hacerlo, me muero.-Dice ella clavando su mirada por primera vez en los ojos del muchacho.
-No...-Dice mientras las lágrimas surcan su rostro.
-Sí, y tú eres el culpable de mi dolor.-Dice la muchacha.
Murió con el corazón roto y las lágrimas sin aflorar fuera de si, ahogando su alma y acabando con su vida. El muchacho se encargó de darle una muerte digna y un funeral lujoso para que todos la recordaran por como fue en vida, fueron todos sus antiguos amantes a llorar la perdida de aquella joven tan querida por todos, fueron sus familiares a rezar por su alma y fue Julius, como penitencia por haberla hecho tanto daño.

sábado, 11 de agosto de 2012

La Casa

El sol entraba entre las rendijas que se entreveían en la persiana de la salita, la luz que propagaban era suave pero atenuante de la visión periférica de aquel cuarto. Las pupilas de Gesper se notaban dilatadas en la oscuridad, sus ojos brillaban lo suficiente para reflejar la poca luz que entraba. Se movió en la cama, divisó un bulto en ella, era Yeing. No recordaba nada de lo que había ocurrido esa noche, pero si ella estaba implicada seguro que sería algo bueno. Se levantó despacio, intentando no despertarla, se dio cuenta de que su cuerpo estaba desnudo bajo aquella capa de sábanas blanquecinas. ¿Qué había ocurrido aquella noche? La cabeza le daba vueltas y el estómago se notaba revuelto. Se levantó con sumo cuidado para sentarse a pie de cama, la oscuridad de la casa no le recordaba a la suya propia. ¿Dónde estaba? Mierda, no tenía ni idea de que hacer, solo le quedaba esperar a que se despertase Yeing y le dijese todo lo que ella recordaba... Un quejido a su espalda le hizo girarse y contemplar a la muchacha estirándose mientras entreabría sus ojos verde esmeralda.
-¿Qué pasó anoche?- Preguntó Gesper con un susurro perceptible por ambos.
-No lo recuerdo, creo que bebimos demasiado, ¿Dónde estamos?- Dijo la muchacha que tampoco se ubicaba.
-Pues como no lo sepas tú, mal vamos.- Dijo el muchacho con un tono de preocupación en la voz. Se levantaron, buscaron sus ropas y se vistieron. Ambos estaban desnudos en la misma cama, eso no podía ser bueno. Se apresuraron a acercar su oído a la puerta, detrás solo se apreciaba el más puro silencio. Gesper abrió suavemente el portón, nadie, fuera solo se distinguía oscuridad. Comprobaron que llevaban todas su pertenencias y se apresuraron a intentar salir de aquella extraña casa que les daba tan mala espina.
Cámaras, de repente vieron que a su lado se distinguían en la penumbra unos pequeños puntos de luz que le apuntaban. Siguieron hacia delante, la oscuridad se hacía aún más inescrutable con cada paso. Pero ellos siguieron, abrazados, de morir preferían haber luchado por vivir. Se debatieron durante horas en aquella oscuridad, de pronto se hizo la luz. Divisaron que estaban en un pasillo del que no se distinguía el fondo, que era serio y que estaba coronado por millares de cámaras que les apuntaban directamente a ellos. ¿Qué estaba pasando allí? Un sonido sordo les tumbó en el suelo tapándose los oídos, aquel ruido era demasiado molesto para cualquier ser vivo que estuviera escuchándolo. Por fin, vuelta al silencio sepulcral del principio, ninguno estaba muy seguro de lo que prefería. Caminaron por los pasillos, en silencio, procurando no hacer nada que molestara a la cámaras... Una sala, una silla, una mesa, un papel, una frase escrita con sangre:
"Uno debe morir para que el otro siga con vida"
Ambos se miraron a los ojos, las lágrimas acusaron los ojos de ambos, el miedo atenazó sus almas. Se besaron, ambos sabían lo que ocurriría allí, uno debía morir. Pero ninguno se atrevió a apresurar la respuesta a la pregunta más esperada: "¿Quién?"
La miradas se hacían más contadas y largas, la espera se hacía interminable, debían esperar a que alguien le mandara una señal, ¿Quien debía morir? Eso no estaba claro. Las gotas de sudor corren por el rostro de los muchachos, no quieren morir, no quieren dejar este mundo, solo quieren ser felices sin esperar nada a cambio, ser felices juntos.
Un ruido, alguien mete en el cuarto una daga. Ambos se miran, Gesper la coge.
-Debe de ser la hora.- Dice mientras se acerca la daga al cuello.
-¡No!- Grita ella.- Moriré yo, tú tienes familia, yo estoy sola en este mundo, nadie me echará en falta...- Dijo la muchacha tratando de arrebatarle el cuchillo.
-Te echaré de menos yo.-Dijo Gesper mientras las lágrimas surcaban su rostro.- No podría vivir sin ti.-
-Si mueres tú, ¿Qué será de tu madre y tus hermanas? Eres el único que realmente está velando por ellas.- Dijo y él se relajó un poco.
-Podrías cuidarlas tú, sería lo mejor, todas las cosas que quiero seguirían bien y yo no podría ser testigo de como te suicidas.- Dijo él, observando como la cara de la chiquilla se endurecía con cada palabra y se le clavaba en el corazón aquella mirada de tristeza que demostraba que tal vez estuviera entrando en razón.
-No, tienes razón, pero no podría verte morir sabiendo que si yo quiero podría ponerme en tu lugar.-Dijo ella, ya no podía dejar de llorar.
-Bueno, decidámoslo mañana por la mañana, ahora ya es algo tarde y tengo sueño.- Dijo él sentándose en el suelo abrazado a ella.
La noche transcurrió tranquila y cuando se despertó, en el suelo, vio a Yeing con un charco de sangre y una raja en el cuello. Se había suicidado, por él, y de ello no hacía más de seis horas. Debería haberlo sabido, debería habérselo impedido, ahora lo que más amaba en este mundo había muerto. Se cabreó con el destino, cogió el cuchillo y se corto las venas, se desangró lenta y dolorosamente. No pensaba vivir sin estar junto a ella.

martes, 10 de julio de 2012

Lo que se Pierde en un Segundo

Anne se tumbó sobre el suelo frío mirando la cristalera que daba al espacio exterior y comenzó a contar las estrellas, su madre la había dicho que era imposible contar todas las estrellas pero ella no se rendiría hasta que no lo hubiera intentado. Comenzó a contarlas mentalmente: "Una, dos, tres, cuatro..."
Se fue quedando poco a poco dormida en aquel suelo, sus padres se habían ido a cenar fuera, lo que ella no sabía es que nunca regresarían.
La noche pasó y la niña despertó acurrucada en el suelo de la salita, a su lado Galya, su perrita. La noche había sido calentita pero el día sería frío, aunque fuera brillara el sol. Llamaron a la puerta a las doce de la mañana, Anne abrió la puerta y se encontró de frente un hombre rubio de ojos negros y grande, parecía un armario y la niña se asustó un poco, pero en seguida apareció detrás de él su tía Rosalí y ella tranquilizó a la pequeña. Rosalí tenía sus ojos marrones encharcados en lágrimas y rojos, Anne sabía que había llorado, pero aún no sabía por qué.
- Anne, este es Charlie, es un policía muy bueno que quiere hacerte unas preguntas. ¿Quieres contestar o le decimos que venga otro día?- Dijo Rosalí lo más cariñosa que pudo. La niña acababa de perder a su madre y su padre estaba en coma, era muy probable que no despertara nunca.
- Vale, pregúnteme lo que desee, pero antes dígame dónde están mis padres.- Dijo Anne, sabiendo que la respuesta no le iba a gustar.
- Se lo dirá su tía cuando yo me vaya señorita, se nota que la educaron muy bien.- Dijo Charlie con una sonrisa bonachona que reflejaba un poco de lástima en la mirada.
- Esta bien, ¿Qué desea saber?.- Dijo Anne intentando no elucubrar ninguna sospecha de lo que había ocurrido, porque siempre se esperaba lo peor.
-¿Tus padres tenían enemigos?- Dijo el inspector de la forma más amable que pudo.
-No, los vecinos los adoraban y yo más.-Dijo Anne y sus ojos se encharcaron, algo malo le había pasado a sus padres y tenía que ser grave para usar los verbos en pasado.
- Vale, ¿Tu madre ha discutido recientemente con alguien?- Siguió preguntando el inspector aunque su corazón le dolía por tener que hacerle pasar por eso a la niña.
-Pues... Sí, con Belén, mi abuela paterna, pero no creo que una anciana de ochenta años les haya hecho nada...- Dijo Anne y esta vez se le escaparon algunas lágrimas. Su tía la abrazó lo más fuerte que pudo.
- Venga cariño, no llores...-Dijo Rosalí en un intento imposible de consolar a la pequeña.
-Anne, solo me queda una pregunta y ya me voy, ¿De acuerdo?- Dijo Charlie con una cara amable y el corazón destrozado por haberle dicho sin querer a la niña lo ocurrido.
-Esta bien, digámelo y acabemos con esto para que mi tía me cuente lo sucedido.-Dijo Anne sacando fuerzas de donde no creo que quedara nada.
-¿Sabes de alguien que quisiera dañar a tus padres?- Dijo Charlie y aguantó unas lágrimas por la desdicha de la muchacha de pelo rubio y ojos marrones que acababa de romper a llorar como una niña indefensa, justo lo que era, la mala suerte se había cebado con aquel ángel inocente de todo mal.
-No, aunque yo no lo sé todo sobre ellos, sé que me ocultaban algo, pero no sé el que...-Dijo Anne entre las lágrimas que ahogaban sus ojos y miró a su tía que también lloraba.
-Te ocultaban que buscaban un perrito para regalarte y que hiciera compañía a Galya.- Y la tía comenzó llorando esta vez aún más alto.
- No quiero molestar más, otro día vendré y concretaremos los detalles de este caso. Ustedes disculpen el dolor que les haya causado, encontraré al responsable.
Pero nunca lo encontró, ese asesino se convirtió en la horma del zapato de Charlie que no pasa ni un solo día sin recordar el rostro mojado de Anne cuando supo lo que les sucedió a sus padres y el día en el que los tuvo que enterrar, juntos. El padre aguantó vivo unas semanas pero murió, las heridas eran demasiado graves. Anne vivió una vida feliz, pero en su corazón sigue buscando al asesino de sus padres. Algún día recibirá la llamada de Charlie diciéndola que le tiene.

sábado, 7 de julio de 2012

Cielo e Infierno

Las lágrimas resbalaron lentamente por el pálido rostro de Almudena, en su último aliento justo antes de sellar su sentencia de muerte y reunirse en el más allá con su familia. Les habían acusado injustamente de asesinar a un mandatario importante de la gran ciudad. Nadie les iba a salvar de su final pero, justo antes de que la cortara la cabeza, Almudena maldijo a todos los que ese trágico día estaban allí para ver como los asesinaban injustamente. llegóal Más Allá y se reunió con sus hijos... Pero su marido no estaba. Caminó hacia las puertas del cielo y entró, al entrar un conjunto de ángeles se les acercaron y ella preguntó por su marido. Los ángeles no las respondieron, le dijeron que fuera a preguntarle a Dios, él le daría las respuestas que necesitaba...
Llegó al despecho de Dios con el alma encogida y asustada por lo que le hubiera podido pasar a su marido Harold. Entró y, en seguida, Dios la ofreció que se sentara y comenzó a contarle el por qué de que su marido no estuviera con ellos:
- Haber, su marido la fue infiel cuando estuvo viva con la vecina de quince años de la casa de los mormones. Y él fue el que asesinó al alto mando por el que os han asesinado a usted y a sus hijos, no se merece el cielo, pero tampoco está en el infierno.- Dijo Dios despertando la curiosidad de Almudena.
- Está en la Tierra, consiguió escapar y a él no lo mataron... Pero lo castigaré por todo el dolor que ha causado. Le mandaré una enfermedad horrible, la que tú elijas.- Dijo Dios despejando todas las dudas de la joven.
- No quiero que sufra, aunque él me fuera infiel, le amaba. Con él pasé los mejores años de mi vida y ahora lo prdono por todo lo que me ha hecho, no merece la pena hacerle sufrir, ya sufrirá cuando llegue al infierno y se queme en el fuego eterno.- Dijo Almudena con ganas de llorar... Pero no había ojos que empañar. Se fue del despacho, se acercó a sus hijos y les contó todo lo que Dios le había confiado. Los niños se sintieron solos, pero Almudena los consoló.
Su marido murió a manos de unos delincuentes que entraron en su casa mientras él dormía y le asesinaron, pasó la eternidad en el infierno y fue lo más desdichado que Dios pudo lograr que fuera para vengar a Almudena que era una buena mujer y no se merecía lo que él le había hecho