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domingo, 29 de marzo de 2015

Ley Mordaza.

Creo en las personas, lo juro, creo que las personas pueden ser malas o buenas, que es decisión suya. Pero no creo a los políticos, lo siento, no me trago sus chorradas de que la nueva Ley Mordaza es "para proteger al pueblo". Perdonad que lo dude, pero no entiendo que clase de seguridad pretenden implantar en el pueblo cuando a mi me da miedo ir a las manifestaciones ahora porque, si les da por darme un pelotazo de goma a los policías, a mi me pueden joder muchísimo la salud y yo no puedo denunciarlos porque "están realizando su trabajo". Mira, puede que haya manifestantes que sean gilipollas, pero no merecemos que a todos nos metan en el mismo saco. 
A mi me aterra ir a una manifestación, porque no sé lo que va a ocurrir. No puedo confiar en que les dé por evitar que me lleve un pelotazo o un porrazo, vale que aquí no han cargado casi nunca, pero no puedo confiar en la suerte. Lo siento, pero mi salud es más importante. 
Así que por favor, decidme: ¿Qué seguridad aplica en mí o en cualquiera de nosotros esta nueva ley? Obviando el detalle de que si no hay manifestaciones, no hay tampoco peligro de que cargue la policía de forma "legal". Todo esto lo digo con todo el respeto hacia las fuerzas del estado, tengo muy claro que no todos los policías son iguales y no todos cargan sin motivo, pero me temo que esas manzanas podridas están pudriéndonos la bolsa, o simplemente la opinión pública hacia la bolsa, se está destruyendo por momentos. Quiero dejar claro que sé que hay motivos por los cuales los policías hacen bien en cargar, pero no suele ser el caso, lamentablemente. Errar es humano, pero hay ciertos errores que pueden ser muy graves. 
Finalmente hacer llegar mi completo descontento con que ahora hacer una manifestación sea un delito prácticamente, ya antes era vergonzoso que para hacer unos piquetes informativos hubiera que llevar mínimo un coche patrulla. Pero es que ahora no sé a qué podrá llegar esto, pero como sigan así probablemente el pueblo se enfade, porque es lo que parece que pretenden. Espero que se cambie un poco al menos la política en estas próximas elecciones, algo que realmente cambie la situación en que nos encontramos, porque empieza a ser vergonzoso que se refugien en la mayoría absoluta para hacer lo que les da la gana sin pensar en la opinión de nadie más. O por lo menos, salga quien salga, que no tenga mayoría absoluta, que tenga que contar con los demás para hacer las leyes, por dios. Por ser un poco previsores.

martes, 23 de diciembre de 2014

Purgatorio.

Cojo con determinación el pomo de la puerta, es hora de acabar con esto, de salir de aquí. Siento mucho frío en alguna parte de mi pecho, creo que algunos llaman a esto soledad, yo creo que es parte de tener la sangre helada por el horror. Abro la puerta y salgo de allí, alejándome lo antes posible de aquella horrible escena, sangre por todas partes de las paredes del salón, trozos de lo que parece algo humano en el sofá... Tengo la boca seca y me encuentro, al salir, un coche patrulla; recuerdo por fin que he sido yo quién los ha llamado, junto a ellos una ambulancia desembarca la camilla y entra atropelladamente en el portal, todo ocurre tan despacio a mi al rededor... Uno de los agentes se acerca y me ofrece llevarme a casa, yo ya no estoy ahí. He huido de toda esa sangre derramada, huyo de ese cuerpecito inmóvil tirado en el suelo, sin nada de vida. Huyo lejos, muy lejos; pero algo realmente consigue despertarme de mi huida: La camilla pasando a mi lado, con ese cuerpo tapado con una sábana blanca que se empapa por momentos de sangre. Despierto de pronto de todo esto, escucho con claridad todas esas voces que antes parecían embotelladas, ya no puedo huir. Todo a mi al rededor cobra de pronto de una rapidez asombrosa que me aterra.
Me subo al coche patrulla y me dejan en casa. Entro en mi cuarto, poso mi jersey verde encima de la camilla blanca, junto al gran ventanal, me dirijo al baño y allí me despojo de toda mi ropa. Al quitarme una bota un fuerte ruido metálico me hace saltar en el sitio, vaya, aquí está en cuchillo. Había olvidado dónde lo había metido y ahora mancha las baldosas blanquecinas de mi cuarto. Lo dejo allí, en el suelo, mientras lavo de mi cuerpo todas las manchas de sangre, opto por darme un baño, será mucho más rápido que tratar de lavarme en el bidé.
Cuando introduzco mi cuerpo en la bañera siento un fuerte escozor en varias partes de mi cuerpo que, al eliminar los restos de sangre, descubren grandes pero superficiales cortes, "No moriré de esto" me digo a mi misma. Cojo el cuchillo del suelo, rajo mis muñecas y las introduzco en el agua.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Deja que Pase.

Paseaba por los pasillos del hospital psiquiátrico con aquella bata azul claro de enferma que tanto aborrecía, pero las drogas que le suministraban le daba un pequeño efecto de tranquilidad que solo duraba hasta que la tarde se oscurecía, y volvían las noches a ciegas llorando, queriendo morir. Otra vez las mañanas de resaca sin haber bebido ni una gota, otra vez la droga y otra vez la  tranquilidad. Los días pasaban sin saber ni siquiera que día era.
Una mañana de niebla pudo ver cómo él entraba por las puertas, mientras se quedaba mirando fijamente el horizonte desde aquel pequeño ventanal. La niebla era algo que siempre la atrapaba en una espiral curiosa de la que difícilmente lograba escapar cuando alguien la llamaba a continuar con la monotonía diaria de aquel edificio sin demasiada vida, sin armonía, sin música... Ella adoraba la música. Llevaba mucho sin escuchar ni una sola nota, desde que Lou, el pianista, había fallecido hace... ¿Tres meses? El tiempo aquí dentro es tan relativo que nadie sabe cuánto lleva allí ni cuánto va a estar.
Entra en la sala un chico pelirrojo de ojos color coral que son tan brillantes y a la vez se hacen tan imposibles, se percató de que él no era de los habituales del hospital que obligaban a acudir a la sala conjunta para poder intentar que no se hagan daño. Todos los que estábamos en aquella sala llevábamos una pequeña o gran marca en alguna parte de nuestro preciado cuerpo.
Yo llevaba unas abrasiones en el cuello, de una soga que debió matarme pero no lo hizo.
Ella, bueno, ella era otro tema. Jamás la había visto articular palabra alguna desde que llevaba allí, jamás la había visto sonreír, y eso que ella llegó por lo menos un mes después de mi. Llevaba siempre consigo un pañuelo en el bolsillo izquierdo de su bata, en la parte en la que estaría su corazón. Esa tarde la vi esbozar una mueca casi de asombro cuando el joven entró en la sala. Ella solía tener una mirada perdida, unos ojos cansados sin vida, sin mucha experiencia pero que saben que el mundo no es fácil. No creo que aquella muchacha superara los veinte años, era muy joven para estar con nosotros, pero muy mayor para ir con los adolescentes...  Supongo que por eso estaba allí, no sabían donde meterla, pero no podían dejar que pudiera completar aquella tarea que la había metido allí.
Él se acercó a ella, le apartó el mechón de pelo de la cara y se quedó a su lado mirando la espesa niebla. Así se sucedieron los días, cada vez ella estaba mejor y, supongo, él cada vez encontraba nuevos motivos por los que no cumplimentar aquella tarea.
O al menos eso creíamos todos.
Una mañana me desperté por unos gritos que provenían de las duchas comunitarias, creí que era simplemente que alguien se había caído, pero igualmente me acerqué allí. Al cruzar el umbral de aquel portón pude ver el suelo encharcado en sangre. Al fondo ellos dos, cogidos de la mano, mientras el agua se llevaba su vida a partir de las muñecas marcadas por un trozo de cristal de la ventana, creo. Jamás supe por qué se mataron, nunca entendí que si eran felices juntos, cómo fueron capaces de morir, solo me quedaba el pensamiento que murieron el uno por el dolor del otro.

sábado, 11 de agosto de 2012

La Casa

El sol entraba entre las rendijas que se entreveían en la persiana de la salita, la luz que propagaban era suave pero atenuante de la visión periférica de aquel cuarto. Las pupilas de Gesper se notaban dilatadas en la oscuridad, sus ojos brillaban lo suficiente para reflejar la poca luz que entraba. Se movió en la cama, divisó un bulto en ella, era Yeing. No recordaba nada de lo que había ocurrido esa noche, pero si ella estaba implicada seguro que sería algo bueno. Se levantó despacio, intentando no despertarla, se dio cuenta de que su cuerpo estaba desnudo bajo aquella capa de sábanas blanquecinas. ¿Qué había ocurrido aquella noche? La cabeza le daba vueltas y el estómago se notaba revuelto. Se levantó con sumo cuidado para sentarse a pie de cama, la oscuridad de la casa no le recordaba a la suya propia. ¿Dónde estaba? Mierda, no tenía ni idea de que hacer, solo le quedaba esperar a que se despertase Yeing y le dijese todo lo que ella recordaba... Un quejido a su espalda le hizo girarse y contemplar a la muchacha estirándose mientras entreabría sus ojos verde esmeralda.
-¿Qué pasó anoche?- Preguntó Gesper con un susurro perceptible por ambos.
-No lo recuerdo, creo que bebimos demasiado, ¿Dónde estamos?- Dijo la muchacha que tampoco se ubicaba.
-Pues como no lo sepas tú, mal vamos.- Dijo el muchacho con un tono de preocupación en la voz. Se levantaron, buscaron sus ropas y se vistieron. Ambos estaban desnudos en la misma cama, eso no podía ser bueno. Se apresuraron a acercar su oído a la puerta, detrás solo se apreciaba el más puro silencio. Gesper abrió suavemente el portón, nadie, fuera solo se distinguía oscuridad. Comprobaron que llevaban todas su pertenencias y se apresuraron a intentar salir de aquella extraña casa que les daba tan mala espina.
Cámaras, de repente vieron que a su lado se distinguían en la penumbra unos pequeños puntos de luz que le apuntaban. Siguieron hacia delante, la oscuridad se hacía aún más inescrutable con cada paso. Pero ellos siguieron, abrazados, de morir preferían haber luchado por vivir. Se debatieron durante horas en aquella oscuridad, de pronto se hizo la luz. Divisaron que estaban en un pasillo del que no se distinguía el fondo, que era serio y que estaba coronado por millares de cámaras que les apuntaban directamente a ellos. ¿Qué estaba pasando allí? Un sonido sordo les tumbó en el suelo tapándose los oídos, aquel ruido era demasiado molesto para cualquier ser vivo que estuviera escuchándolo. Por fin, vuelta al silencio sepulcral del principio, ninguno estaba muy seguro de lo que prefería. Caminaron por los pasillos, en silencio, procurando no hacer nada que molestara a la cámaras... Una sala, una silla, una mesa, un papel, una frase escrita con sangre:
"Uno debe morir para que el otro siga con vida"
Ambos se miraron a los ojos, las lágrimas acusaron los ojos de ambos, el miedo atenazó sus almas. Se besaron, ambos sabían lo que ocurriría allí, uno debía morir. Pero ninguno se atrevió a apresurar la respuesta a la pregunta más esperada: "¿Quién?"
La miradas se hacían más contadas y largas, la espera se hacía interminable, debían esperar a que alguien le mandara una señal, ¿Quien debía morir? Eso no estaba claro. Las gotas de sudor corren por el rostro de los muchachos, no quieren morir, no quieren dejar este mundo, solo quieren ser felices sin esperar nada a cambio, ser felices juntos.
Un ruido, alguien mete en el cuarto una daga. Ambos se miran, Gesper la coge.
-Debe de ser la hora.- Dice mientras se acerca la daga al cuello.
-¡No!- Grita ella.- Moriré yo, tú tienes familia, yo estoy sola en este mundo, nadie me echará en falta...- Dijo la muchacha tratando de arrebatarle el cuchillo.
-Te echaré de menos yo.-Dijo Gesper mientras las lágrimas surcaban su rostro.- No podría vivir sin ti.-
-Si mueres tú, ¿Qué será de tu madre y tus hermanas? Eres el único que realmente está velando por ellas.- Dijo y él se relajó un poco.
-Podrías cuidarlas tú, sería lo mejor, todas las cosas que quiero seguirían bien y yo no podría ser testigo de como te suicidas.- Dijo él, observando como la cara de la chiquilla se endurecía con cada palabra y se le clavaba en el corazón aquella mirada de tristeza que demostraba que tal vez estuviera entrando en razón.
-No, tienes razón, pero no podría verte morir sabiendo que si yo quiero podría ponerme en tu lugar.-Dijo ella, ya no podía dejar de llorar.
-Bueno, decidámoslo mañana por la mañana, ahora ya es algo tarde y tengo sueño.- Dijo él sentándose en el suelo abrazado a ella.
La noche transcurrió tranquila y cuando se despertó, en el suelo, vio a Yeing con un charco de sangre y una raja en el cuello. Se había suicidado, por él, y de ello no hacía más de seis horas. Debería haberlo sabido, debería habérselo impedido, ahora lo que más amaba en este mundo había muerto. Se cabreó con el destino, cogió el cuchillo y se corto las venas, se desangró lenta y dolorosamente. No pensaba vivir sin estar junto a ella.

miércoles, 11 de julio de 2012

El Ladrón de Bancos

Cerró la puerta y se sentó a esperar, esperaba una respuesta a aquella pregunta:
-¿Me quieres?- Preguntó Lucas cuando se dio cuenta de que Diana no se daría por vencida hasta que no le contestara.
-Sí.-Contestó Diana que sabía que lo que acababa de decir la ponía en un aprieto.
-Yo también te quiero, por eso debes confiar en mí. Cuando pueda te lo contaré todo.-Dijo Lucas y le dio un abrazo muy fuerte a Diana, ella lo necesitaba.
Llaman a la puerta y de ella entra un hombre trajeado que se lleva a Lucas, le acusan de no se qué robo al banco central. La duda se posó sobre la cabeza de Diana, ¿Sería Lucas culpable de aquella acusación? No le conocía lo suficiente como para responder sin temor a equivocarse. Pero sí para saber que le quería... Había corrido un riesgo al decirle lo que sentía, porque temía con toda su alma que él no la quisiera. Ya la había hecho daño demasiadas veces y su corazón ya no aguantaba remaches, ni parches, ni amputaciones. Si esta vez se rompía, rompería de verdad. Esperó en la ventana hasta que el coche de policía se hubiera ido con Lucas y se metió las manos en los bolsillos para subir las escaleras, tenía esa manía desde muy pequeña, su madre la decía que como se cayera no podría poner las manos y se haría más daño. Dentro de su bolsillo encontró una carta. La abrió, era de Lucas:
Hola Diana:
Solo quería decirte que te amo más que a nadie en este mundo, pero he sido yo el que ha robado ese banco, me gustaría que supieras que lo he hecho porque no tenía opción, mi madre se muere de cáncer y quería poder probar un último tratamiento antes de rendirse, pero no tiene dinero. Siento no habértelo podido explicar todo en persona,  pero la policía no nos hubiera dejado despedirnos. Tranquila, estaré en la cárcel unos cinco años y luego saldré. No hace falta que me esperes, aunque me gustaría que lo hicieras. No te guardaré rencor si decides no esperarme y te casas o te comprometes o cuando salga tienes novio. Tranquila, pero, si lo haces, por favor ven a decírmelo.
Te quiero.
Lucas.
Diana echó a llorar de forma desconsolada y tuvo que pensar bien lo que iba a hacer, le iba a esperar. Iba a esperar a un ladrón al que amaba con todas sus fuerzas, total ¿Quién no robaría un banco si con ese dinero salva a su madre? Por lo menos ella lo haría y por eso sabía que debía esperarle. Porque le quería.